El tiempo aguarda


Se acomoda el tiempo bajo la calcinada sombra de mis palabras,
viene a darme de su paga,
de sus aguas calmas,
de sus plegarias…


Allí bajo la inexplicable palidez de mi voz silenciada:
Aguarda…
Descansa…



Mientras el sol cubre las laderas crujientes

y el viento barre incansable el polvo
de los caminos venideros de sueño a tranco lento.


Mientras la luna se resbala por cada marca
de éste cuerpo detenido,
 y viaja
impulsando esta mente intacta…


El tiempo me aguarda…


Porque andar sin pasos que se desvelan descalzos en los cielos,
porque anidar sin la rama de un beso,
porque caer sin precipicio,
porque huir con permiso:


Es  insultar al tiempo vivido…


Mientras el agua corre por tierra,
las lágrimas harán lo suyo en el aire, inmersas.

Mientras el fuego sobrevive bajo las cenizas,
los recuerdos apagaran alguna tormenta.
Mientras los suspiros se acomoden a ritmo lento,
el respirar vacio será maestro del aprendiz ingenuo.
Mientras las manos estén en soledad,
los pies esperaran de ellas el impulso al vuelo…


El tiempo me aguarda sin prisa ni sermones…



Porque sentarse para hundirse en apuros por despegar, a nadie beneficia.
Porque apresurar el paso para llegar sin deseo, te desequilibra.
Porque decir sin saber por hechos, te convierte en forastero de tu vida.
Porque vestir corazas hacen más pesado el día a día.



El tiempo espera.

Y con él mis metas cumplidas, mis sueños en mano,
mis pies liberados a cada paso bien dado…



Mientras tanto…

Me permito ser todo aquello que en algún momento
dejaré atrás, para algún día aterrizar…
porque aunque en pleno vuelo, ya el cielo no será tan amplio


ni tan inmenso.




La mirada de Anabella



¿Es éste el rasguño de las huellas del viento,
en busca del rostro húmedo que se esconde
tras el crepúsculo insolente
de mi mirada?

¿Es esta la Sangre herida que derrama la saliva necesaria,
para pronunciar las palabras
que trabajan  la voz del eco de mi mirada?

En el camino penoso, el río se seca sin esperanza.
En los espirales de polvo, el viento perdió su confianza,
para atascarse en la voz que se embriaga de mutismo.
Y mi mirada… descarga sus rocas
en el infinito de la nada.

Allí donde los sueños agonizan por la culpa
de haber  existido…
De haberse pronunciado en algún destello
de mi mirada,
hacia el infinito vacío de mi alma…



Anabella, entre fiebre y noche, va tejiendo y destejiendo su glosario de sentimientos, sin encontrar en las comas un salto bendito o el portal del infierno.
Recostada sobre el lomo del caballo, su figura se ve débil, su rostro escondido entre la oscuridad del camino cubierto por arboledas frondosas de aguijones. De vez en cuando siente la caricia tibia de la luna que vigila los pensamientos que laten en la piel de su rostro.





Tenedme aquí… ¡oh silencio nocturno!
Entre tus piernas que marcan un paso a destiempo en el suelo negro del campo
y una manta fría e infinita que pesa en mi pecho espinado.
Tenedme indefensa ante tu arma más filosa y letal:
Tu presencia que asegura mi soledad…

¿Habéis visto a ese hombre que me observa?
Lleva en sus labios tu firma,
y en sus manos
el destino que quise tal vez muera,
para arrojarme a los brazos de la incertidumbre
y alimentarme a pan de espera.



Aquel caballero que la había cubierto con su capa y la había protegido de la noche vistiendo su sangre, no pronunciaba palabra ante el rostro confuso de Anabella. De vez en cuando detenía su caballo, se aseguraba que ella estuviera cubierta y con la temperatura adecuada, le acercaba agua para que la bebiera en pequeños sorbos, le acomodaba su cabello, le acariciaba sus párpados para que Anabella no esforzara su mirada tratando de reconocerlo.

Aquel caballero solo caminaba con paso lento, a veces a un costado y otras delante del caballo. A paso lento pero seguro. Como si hubiese dado ya todos aquellos pasos y los recordara a la perfección. Como si dudar no estuviese permitido en su andar, como si estuviera bendecido por los dioses y nada nunca le pasaría.

En algunos momentos detenía su andar, descansaba sus piernas recostado en algún árbol, encendía una fogata y colocaba el cuerpo enfermo de Anabella cerca del calor, de la luz… la miraba detenidamente… no hablaba con voz pronunciada, pero sus pensamientos chillaban en su cabeza sin dejarlo reposar.




Ha mudado el brillo de una estrella a un cuerpo de mujer.
Se ha mudado sin saber
que la piel brotada de penas ha obstaculizado su transparencia.
Son sus ojos cerrados, la promesa esperada de un universo
dispuesto,
sólo a mirarme…
Atento,
sólo a sinceramente reflejarme.

Son sus labios temblorosos el laberinto sin salida,
que jura el beso dulce al despertar
y la pasión hambrientamente desmedida,
que al llegar la noche me inicia…

¿Es ese latido la razón de mí ser?...

Seré digno en esta mediocre vida
sólo si habito
al menos un latido
de ésta mujer.




Anabella no tenía noción del tiempo transcurrido. Había sido acariciada por la luna y besada por el sol tantas veces que perdió la cuenta ilógica que llevaba.



Ya con su cuerpo algo fuerte, pudo observar las flores del camino, sentir el aroma del viento que le daba la bienvenida, escuchar el aleteo de los pájaros en el cielo y divisar a lo alto de una colina una silueta de castillo. Miró a su guía caminante y volvió a ver su espalda larga…






Anabella abría y cerraba sus ojos, como si no quisiera perder detalle, para volver… para quedarse. Pero su mirada estaba llena de palabras dolorosas y prefería silenciarse por cortesía a quien la había salvado o raptado, aún no lo sabía.


Aquel noble caballero, tomó el cuerpo de Anabella una vez llegaron a su destino, y con suaves movimientos la trasladó hasta un cómodo lugar y allí la dejó descansar.  Al tiempo las sirvientas del noble, le acercaron algo de ropa a la desconocida, unas frutas y prepararon el agua caliente con pétalos de perfumadas flores para que ella tomara un reconfortante baño.


¿Sois aún la mujer tirada en la hierba fría de la noche,
que ha mudado su respiración a un lugar irreal?


Se preguntaba Anabella una y otra vez.


Arrodillada, se dijo:

¿Cubro mi hambre con el silencio que se acerca?
¿Alimento mis labios con el aire de los suspiros
perdidos en el camino?
¿Abrigo mis manos con las flores secas
que se hacen polvo… al igual  de quien soy?

O quien fui…

¿O abro mi pequeño universo
a la inmensa incertidumbre que me espera
tras todas las puertas?

Nada vive en mí…

Hasta el pasado me ha abandonado…

Siento como siente el polen de las flores.
O el rayo de la luna sobre un camino que termina.
O la gota que salpica en una cascada y se pierde
de ser la maravilla esperada…



Por alguna razón… aun siento…

Y para ello, no tengo explicación.




Se abrió la puerta despacio, y el noble señor se quedó paralizado ante su Eva.




La mirada de Anabella tenía sabor a Eva, su rostro su cuerpo su totalidad se habían transformado... y podrían ser lo que aquel noble caballero pidiera.




Si he de ser...



Liberar…
desplazar cada espacio de piel sensitiva por el corredor hacia los lados de un lugar sin paredes…
Ser el viento y el fondo de un río calmo,
ser la altura de una montaña que cae en picada,
para suavemente besarse sus propios pies descalzos.

Ser la tormenta
que se despierta con furia para recorrer los anhelos y ganar la superficie de ensueños.
Tormenta cálida.
Tormenta fría.
Torrente de un río que se aviva
arraigado en el cariño del viento, mientras viajan por los cielos.

Buscar…
anidar los ojos en cada esquina redondita donde son pocos los secretos y abundan los silencios, allí donde el polvillo visita, y el agua acumula excusas para retenerlo…
anclar las manos
en el libre albedrio impuesto y expuesto como único oxigeno honesto…
tocar y tocar
cada uno de todos los recovecos agrietados y suavizados
de esqueletos sueltos en renglones,
 que bailan vals engatusando roedores.

Desplegar el universo que se aprisiona en un cuerpo…
desplegarlo para lograr se descuartice y así se multiplique…
dando inicio sin punto de partida.
Legendario por su voz callada,
el universo se apodera de lo que uno es,
en un cuarto con paredes de piedra
donde escribe y subscribe
usando como tinta, su lacrimógeno aliento y la falta de aire,
su lienzo…

Es aquí donde se conjugan las palabras.



Donde los pies descalzos sólo avanzan.


Donde una mirada sale de un conjunto de letras estratégicamente acomodadas…
para envolver,
para ser ese telar acogedor que sabe del abrazo ausente,
de la mano amiga que sostiene.


Puertas de humo como cortinas de cristales
se balancean,
mientras la respiración,
es el pulso y latido de nuestras señales.

Señales que viajan incesantes.
Sin lugar.
Sin tiempo.
Señales humedecidas por los cuentos,
por los pisadas terrestres, por el dolor
de la tierra que se esconde de su gente…

Tomo mis palabras…
Construyo el laberintico discurso
que me desnuda y esconde.
Corro por sus laderas.
Beso tus labios.
Me recuesto en tus praderas.
Me duermo volando mientras el sol
evapora, tras tus ojos,
las imágenes que no deseas…

Si he de ser… soy éste lugar.

Si he de perecer, ésta será mi eternidad.





Tienes en tus manos
la totalidad de mi palabra

...Y en tus ojos lo que escondo.

Mírate…

Sólo así me verás.



Oda a Catalina.

(foto de Catalina Stella, mi mamá)



Bella niña,
 revoltosa y crédula de cuanto le decían,
espiando siempre a la travesura, para que al pasar,
treparse a su lomo y cabalgar la infancia y no dejarla escapar.
Cabalgata
entre el filo de la escasez y el fulgor de la imaginación,
por caminos finos de estómago vacío;
pero llenito de sueños y esperanza, el corazón.
Senderos,
 abiertos al trabajo que quitaban tiempo
 y apagan la energía de su cuerpo…
sin doblegar la llama que nacía en su interior.



Bella muchacha,
con manos de princesa,
que más de un mozo las tomaba en noche de mascaradas,
y entre balbuceos las soñaba.
Esas manos que trapearon con firmeza,
para después coser con delicadeza sus propias prendas,
 eran esas las manos que después, ayudaron a quitar tristezas, a dar pasos y armar juegos ;
un trabajo que sembró en esos niños lo que aún hoy de adultos le entregan.

La princesa con cintura soñada,
 pasó a ser reina,
cuando el hombre conquistaba
 los relieves de la luna inquieta.
El tiempo,
 la trasladó en la suave brisa de la vida
 o en las tempestades infames, y ella…
ella nunca se quejó.



Bella mujer,
Con manos que cosían el trabajo de la casa, la niña
y sus pensamientos que hacían de amarre a los sueños,
a los de otros y a sus propios deseos.

 Fue niña, niño y luego otra niña.

Reina que recorrió caminos de lava
y aunque descalza
con el corazón sangrando en sus manos,
no detuvo su paso.
Ella,
amarró a su cintura con fuerza
el título de madre y señora,
y caminó un paso tras otro, sin detenerse,
nunca abandonó.
En las noches solitarias
ahogaba su padecimiento en silencio,
en lágrimas que nacían desde los ojos como gritos
que desgarraban sus entrañas
 habitadas por la ausencia… y ese dolor hambriento.

No conforme la vida, con verla salir ilesa,
 volvió a cerrarle el paso,
a quitarle otro pilar a su estructura… Y luego otro más.
Sus lamentos mudos sostuvieron su historia,
y allí donde las cenizas se trepaban al viento,
allí ella se armaba su espíritu y sostenía su techo.

Mientras el filo de las ruinas era suavizado por el paso del tiempo,
 el paisaje se visitó de nuevos nacimientos.
 Mientras el cuerpo cargaba con su historia,
sus manos tejieron nuevos juegos,
 que son pilares
de aquellos retoños y de su propio esqueleto.

Más de una vez se la vio sentada entre las ruinas,
 pensativa, atenta al pasado, y dispuesta al futuro…
sin resentimientos con la vida.

No hubo dolor que doblegara su cuerpo,
 al extremo de dejarse situada en un pasado.
 Siempre calzando en la cintura el cúmulo de títulos otorgados,
 desde el amor de todos, siguió dando paso tras paso sin descanso.
Y ayudó a tantos a no quedarse retrasados en el camino,
a formar espíritu,
a tomar la convicción de que el amor solo es capaz de devolver amor.



Es esta Reina
la Luz que guía, perforando a la más oscura tormenta,
que protege mi andar
y da claridad, sin cegar
para que no me detenga.
Luz que da brillo a mis logros,
y evapora mis tristezas.

Elevo la voz de mis versos
en cántico de Alabanza;
una solista soy, que será coreada
por todos aquellos que hemos tenido
el privilegio divino,
de estar bajo sus amorosas alas.

Camino,
 tratando de seguir sus pasos,
y  mis piecitos se quedan pequeñitos,
en medio de las pisadas
que la Reina ha marcado en tantas almas.



Es esta Reina
soberana ejemplar, virtuosa, íntegra, comprensiva
tolerante, benévola, generosa, afectuosa,
magistral, deidad, perfección…
es ella la definición de mi felicidad,
la razón de mi raíz y mis frutos,
el abrazo que me detiene antes de caer,
el aliento que me empuja a dar el paso,
es quien yo sueño ser…
es ella Catalina, mi madre.



A quien debo mi entera gratitud,
mi mayor de los respetos y
el perfecto amor que por ella siento.


(foto de Catalina y Juan el día de su boda, mis papis)




Ella siempre ofrece su corazón, es la madre de todos...