(foto de Catalina Stella, mi mamá)
Bella niña,
revoltosa y crédula de cuanto le decían,
espiando siempre a la travesura, para que al pasar,
treparse a su lomo y cabalgar la infancia y no dejarla escapar.
Cabalgata
entre el filo de la escasez y el fulgor de la imaginación,
por caminos finos de estómago vacío;
pero llenito de sueños y esperanza, el corazón.
Senderos,
abiertos al trabajo que quitaban tiempo
y apagan la energía de su cuerpo…
sin doblegar la llama que nacía en su interior.
Bella muchacha,
con manos de princesa,
que más de un mozo las tomaba en noche de mascaradas,
y entre balbuceos las soñaba.
Esas manos que trapearon con firmeza,
para después coser con delicadeza sus propias prendas,
eran esas las manos que después, ayudaron a quitar tristezas, a dar pasos y armar juegos ;
un trabajo que sembró en esos niños lo que aún hoy de adultos le entregan.
La princesa con cintura soñada,
pasó a ser reina,
cuando el hombre conquistaba
los relieves de la luna inquieta.
El tiempo,
la trasladó en la suave brisa de la vida
o en las tempestades infames, y ella…
ella nunca se quejó.
Bella mujer,
Con manos que cosían el trabajo de la casa, la niña
y sus pensamientos que hacían de amarre a los sueños,
a los de otros y a sus propios deseos.
Fue niña, niño y luego otra niña.
Reina que recorrió caminos de lava
y aunque descalza
con el corazón sangrando en sus manos,
no detuvo su paso.
Ella,
amarró a su cintura con fuerza
el título de madre y señora,
y caminó un paso tras otro, sin detenerse,
nunca abandonó.
En las noches solitarias
ahogaba su padecimiento en silencio,
en lágrimas que nacían desde los ojos como gritos
que desgarraban sus entrañas
habitadas por la ausencia… y ese dolor hambriento.
No conforme la vida, con verla salir ilesa,
volvió a cerrarle el paso,
a quitarle otro pilar a su estructura… Y luego otro más.
Sus lamentos mudos sostuvieron su historia,
y allí donde las cenizas se trepaban al viento,
allí ella se armaba su espíritu y sostenía su techo.
Mientras el filo de las ruinas era suavizado por el paso del tiempo,
el paisaje se visitó de nuevos nacimientos.
Mientras el cuerpo cargaba con su historia,
sus manos tejieron nuevos juegos,
que son pilares
de aquellos retoños y de su propio esqueleto.
Más de una vez se la vio sentada entre las ruinas,
pensativa, atenta al pasado, y dispuesta al futuro…
sin resentimientos con la vida.
No hubo dolor que doblegara su cuerpo,
al extremo de dejarse situada en un pasado.
Siempre calzando en la cintura el cúmulo de títulos otorgados,
desde el amor de todos, siguió dando paso tras paso sin descanso.
Y ayudó a tantos a no quedarse retrasados en el camino,
a formar espíritu,
a tomar la convicción de que el amor solo es capaz de devolver amor.
Es esta Reina
la Luz que guía, perforando a la más oscura tormenta,
que protege mi andar
y da claridad, sin cegar
para que no me detenga.
Luz que da brillo a mis logros,
y evapora mis tristezas.
Elevo la voz de mis versos
en cántico de Alabanza;
una solista soy, que será coreada
por todos aquellos que hemos tenido
el privilegio divino,
de estar bajo sus amorosas alas.
Camino,
tratando de seguir sus pasos,
y mis piecitos se quedan pequeñitos,
en medio de las pisadas
que la Reina ha marcado en tantas almas.
Es esta Reina
soberana ejemplar, virtuosa, íntegra, comprensiva
tolerante, benévola, generosa, afectuosa,
magistral, deidad, perfección…
es ella la definición de mi felicidad,
la razón de mi raíz y mis frutos,
el abrazo que me detiene antes de caer,
el aliento que me empuja a dar el paso,
es quien yo sueño ser…
es ella Catalina, mi madre.
A quien debo mi entera gratitud,
mi mayor de los respetos y
el perfecto amor que por ella siento.
(foto de Catalina y Juan el día de su boda, mis papis)
Ella siempre ofrece su corazón, es la madre de todos...